Opinión

Sí, pero soy honesto

"En nuestro país, la gota que derramó el vaso fue el sexenio de Peña Nieto con un escándalo de corrupción tras otro."

  • 18/07/2020
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El señor Jones, dueño de la “Granja Manor”, se ha vuelto un hombre de vicios, así como sus peones perezosos y descuidados al grado de olvidar alimentar a los animales. El hambre se convierte en la gota que derrama el vaso. Entre cerdos, perros, caballos, vacas, patos, gallinas y ovejas, hacen una rebelión y logran expulsar de la granja a su amo el señor Jones y a sus trabajadores. Los cerdos, por ser los más inteligentes, se convierten en los líderes e instauran una especie de comunismo; convierten la casa de Jones en un museo para que nadie la habite; y establecen siete mandamientos (especie de leyes) para regir la granja que ahora es de todos los animales.

En nuestro país, la gota que derramó el vaso fue el sexenio de Peña Nieto con un escándalo de corrupción tras otro. No pertenecemos a una granja ni somos comunistas; somos un país democrático y por lo tanto, según nos dice Giovanni Sartori, tenemos un gobierno de opinión. Por ello no fue necesario armar una rebelión, sino expresar en las urnas en 2018 nuestra opinión pública. El 53% de los votantes eligió un líder honesto, uno que sí cumpliera su palabra. Vino así el triunfo de AMLO, quien decretó que su sexenio pasaría a la historia como la “cuarta transformación” de México. Convirtió entonces Los Pinos en museo y estableció tres mandamientos: “No mentir, no robar y no traicionar al pueblo de México”.

Desde su arribo a la presidencia, como fiel encomienda AMLO se empeña en demostrar a como dé lugar que cumple su palabra, a pesar de que muchas veces sería preferible que no lo hiciera, como en el caso del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México o el desmantelamiento del Seguro Popular que ha dejado en la incertidumbre a más de 53 millones de usuarios.

En la obra de Orwell, uno de los siete mandamientos que establecen los cerdos dicta: “Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo”, algo que en nuestro caso sería “Todo corrupto es enemigo de México”. En la ficción, desgraciadamente los cerdos se van pareciendo cada vez más a los humanos en sus conductas, por eso recurren a un porcino orador brillante llamado Squealer, quien persuade y convence al resto de los animales de que las acciones del líder verraco Napoleón mantienen relación con los principios originales de la rebelión, les recuerda también que lo realizado por su dirigente es cien veces preferible que el regreso del terrible amo Jones.

En efecto, los mexicanos comenzamos a ver cómo se desdibujan las diferencias entre una administración y otra, entre un presidente y otro. Preferimos, por supuesto, el error a la corrupción, la improvisación al cinismo, la disimulación a la mentira abierta. Parece obvio que debemos preferir todo esto antes que desear el regreso del terrible “PRIAN”. Bajo ese discurso, el “grado de honestidad” de AMLO actúa como un manto protector que alcanza para cobijar a personajes corruptos como Yeidckol Polevnsky o Manuel Bartlett. Alcanza también su ingenioso discurso para desviar nuestra atención de la violencia que aumenta cada día, o del nulo crecimiento que ha habido en la economía mexicana desde antes de la pandemia.

Ya sea bajo los efectos de la euforia de estar en la “cima del piche poder” o por el noble y desinteresado deseo de ser “el guardián que proteja al país”, en los discursos del presidente observamos cómo se va diluyendo la realidad hasta perderse entre, por un lado, una fuerte carga emotiva y un sólido simbolismo; y por otro, ocurrencias que generan empatía y cercanía con la gente, buenos deseos y virtuosas intenciones. Todo esto se contrapone a una cruda realidad donde poco o nada ha cambiado, donde paradójicamente todo es lo mismo pero diferente.

Vaya que la corrupción le había salido sumamente costosa a México, pero nunca pensamos que la “honestidad” nos saliera igual de cara.

Tristemente, Rebelión en la granja concluye con los cerdos gobernantes invitando y conviviendo, al interior de la casa del señor Jones, con humanos dueños de otras granjas. Afuera, a través de una ventana el resto de los animales, asombrados por tal suceso, pasan su mirada de los cerdos a los hombres, y de los hombres a los cerdos; y, nuevamente, de los cerdos a los hombres, dándose cuenta de que ya era imposible distinguir entre unos y otros.

Quizá AMLO tenga razón en que podremos decir lo que queramos sobre él, pero nunca que es corrupto. Cuando la realidad alcanza al presidente, solo le queda decir eso: sí, pero soy honesto. Quizá pueda insistir en ello para señalar su gran diferencia entre él y los presidentes anteriores, pero donde no existe diferencia alguna es en que nuestros gobiernos, unos u otros, han sido ineficaces, en que ninguna política ha alcanzado para afianzar al pueblo mexicano ante la rampante espiral de tragedias que le aquejan.

Y así se ha escurrido un sexenio tras otro como agua entre las manos, viendo cambiar sólo los rostros de una clase política fracasada.

 

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