Opinión

Por una confianza sin tamalitos

  • 19/02/2020
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Como en los momentos estelares de la silla imperial, los más conspicuos representantes de los empresarios de México jugaron el juego del tamalito y cumplieron como los buenos con la histórica divisa de que “a un presidente no se le dice que no”. Pero dejaron ir una oportunidad extraordinaria para recordarle al avasallador poder político de la 4T que hay una compleja agenda nacional pendiente de más atención y resultados.

Una reunión privada en Palacio Nacional, convocada mediáticamente como acto público, permitía recordar a un privilegiado grupo de mexicanos que existen luces encendidas y pendientes de más y mejor atención en las agendas económica, de seguridad y de salud en las que no sólo los más grandes empresarios, sino millones de mexicanos esperan decisiones correctas y resultados reales para protegernos como sociedad nacional de la tormenta perfecta de un 2020 plagado de acechanzas internas y externas.

La fiesta excelsa del chipilín y del atole coloca a los invitados oficial y públicamente casi al margen de cualquier preocupación por la debilidad de un pacto social renovado, que corrija y remonte la corrupción y la ineficacia (entre otras de nuestras reconocidas distorsiones nacionales), pero sin arrojar a la basura la cada vez más precaria estabilidad de la economía, la seguridad pública y la calidad degradada de los servicios públicos que presta el gobierno federal.

No se trataba de volver indigestos los sabrosos tamales de chipilín, ni para su convocante ni para los invitados. Pero uno de los presentes, uno sólo y en nombre de los demás y de millones de empresarios y de mexicanos avisados de la tamaliza pero no presentes, pudo recordar que el tiempo es perentorio no sólo para recomprar y vender billetes de lotería.

Estamos en la orilla del estancamiento con consecuencias que dibujan escenarios aún más negativos en economía, seguridad y salud, tres áreas estratégicas indispensables para un México urgido de encontrar más cohesión social y menos enconos y contradicciones en plena época de nuevos vendavales e incertezas mundiales, entre estas las aparejadas a la epidemia del coronavirus.

Si los designios del ejecutivo se cumplen, los invitados habrán comprometido 1,500 millones de pesos para la compra de boletos: ¿Saldrán de su peculio o de las empresas que representan? ¿Estarán desviando fondos del objeto social y posiblemente incurriendo en ilícitos al disponer de recursos a espaldas de los accionistas de las empresas? Hasta hoy se ignora.

Asumir abiertamente y por ambas partes que la rifa-sorteo es causa noble, pudo dar certeza al donativo y hacerlo deducible al menos a la luz de la legislación fiscal vigente. ¿A quién le importa la legalidad cuando se genera en una reconocida ocurrencia presidencial?

Queda para el anecdotario la significativa tamaliza recaudatoria organizada por el gobierno que ofreció hacer crecer la economía al 4%, que llamó mediocres a los anteriores gobiernos por promediar aumentos del 2% del PIB y que día a día evade con “otros datos” corregir la ruta decreciente del cero crecimiento.

Queda también la realidad de las cifras récord de violencia, de la ineficiente contención de la delincuencia organizada y desorganizada, del auge de los crímenes de odio y un costal lleno de ocurrencias de nulo o muy bajo efecto para cumplir otroras poderosas promesas de campaña.

Así las cosas, preparémonos para vivir los efectos de una nueva creación normativa. La Ley de Fomento a la Confianza Ciudadana, promulgada el 20 de enero de 2020, cuyo propósito pasa por elaborar un padrón de empresarios que “en forma voluntaria y con buena fe” se comprometen al cumplimiento de las obligaciones fiscales y tendrán los beneficios y facilidades administrativas que acuerde la Secretaría de Economía.

Una ley rara, que equivale a dar vigencia a una ley para hacer cumplir la ley y que parece colocar a los ciudadanos como sujetos ávidos de gozar de la confianza del gobierno y no al revés. No es exageración suponer que, un día de estos veamos un decreto para lograr la felicidad, o un reglamento para hacer el bien sin mirar a quién.

La confianza seguirá siendo una consecuencia, un resultado de la capacidad de gobierno y sociedad para avanzar en la solución de problemas, de certeza en los medios institucionales para contener la inseguridad, para mejorar los servicios de salud y la seguridad social. La confianza no se alimenta de champurrado ni tamalitos de por medio.

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