Opinión

La esperanza de esperar

Nescimus quid loquitur

  • 23/12/2021
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Hace cierto tiempo tuve una charla con mi tía abuela materna sobre el amor y las desventuras que podemos llegar a tener por el hecho de ser humanos, por el hecho de vivir; así como un sinfín de etcéteras. Entretanto, llegó la conversación a un terreno de distinciones conceptuales entre dos palabras que a menudo ocupamos como sinónimos, sin que necesariamente lo sean: la esperanza y la fe.

¿Qué es lo que diferencia la esperanza de la fe?, ella dio una linda y puntual síntesis al respecto. Puntualizó que la esperanza era esperar, se centraba en nuestro deseo de que algo pase, sin que tuviéramos la certeza de que en algún momento sucedería; la fe en cambio, la representó como la certeza, la certidumbre inagotable de que nuestro deseo, en el momento que tenga que ser, será.

Las dos palabras hablan de creer, pero la diferencia que hay entre una y otra, es qué tan fuerte es nuestra creencia. Una habla de certeza, mientras la otra del deseo.

Creer en algo o en alguien, ya sea un ser o una fuerza superior a lo terrenal y mundano; creer en nosotros mismos o nuestros seres queridos; creer en algún proyecto de cambio o transformación; creer en algo más, y dirigir nuestros pensamientos y acciones hacia esa dirección. Aquí habita una magia realmente poderosa, creer, una magia que puede revolucionar todo lo que toca.

Vinculan a la fe con la religión, pero no sólo es eso, porque la fe trasciende religiones y pensamientos.

El problema real en estos dos conceptos recae en la ausencia de acciones propias que complementen lo que fue trazado por el pensamiento.

Actuar o no actuar.

Por un lado el camino se dirige a la imposibilidad -por decisión propia- de hacer algo, pasando toda la responsabilidad a alguien más o a una fuerza superior a la nuestra, ya sea por una mala interpretación de lo que es creer o simplemente por comodidad; y por otro, al visualizar el desastre que sería no hacer lo que nos toca, tomamos la responsabilidad y actuamos en consecuencia.

Dicen que la esperanza que es lo último que muere, y esto tiene cierta certeza, porque, después, cuando ya no está, cuando se esfumó de golpe o desde una agonizante despedida, ¿Qué más nos queda?, nada, sólo nos queda la realidad y la terrible ausencia de creer.

Según el mito griego de Prometeo Encadenado, la esperanza es uno de los males que emanan de la Caja de Pandora, el peor de todos, porque su embriagante aroma -si es mal interpretado por nuestros sentidos- tiende a detenernos en el pensamiento de lo que queremos que sea, e inamovibles en la posición donde nos encontramos, es más fácil que nos coman los gusanos, sin que nosotros busquemos hacer algo al respecto.

Mientras el miedo nos mantiene en movimiento en busca de sobrevivir, con la esperanza tendemos, a solamente esperar; y esta espera, que por arte de magia -sin hacer nada- las cosas sucedan, es realmente peligrosa. Nunca basta sólo con creer.

En cierto sentido -a tropiezos y en ocasiones un poco forzado-, las fiestas decembrinas sirven para reforzar el creer, y los esfuerzos van dirigidos, en múltiples casos a cultivar en los niños aquella sorpresa que les haga seguir creyendo.

Porque creer también es crear, cuando se le da el suficiente impulso para cambiar esa pequeña letra que diferencian estas dos palabras.

Ver aquella cruda realidad y no dejar -por ningún motivo- que nos ahogue con el peso de nuestros sueños, sino buscar -pese a lo oscura, tenebrosa y profunda que sea- aquella luz que lo cambie todo. Eso también es tener esperanza, pero sin duda, también es tener fe, en que si se siembran sueños, se pueden cosechar nuevas y mejores realidades, al tiempo.

Una variedad muy extensa de cuestiones nos hacen creer, pero, ¿de qué nos sirve hacerlo?, ciertamente, nos sirve para seguir avanzando, haciendo lo que nos toca, en esa búsqueda por crear aquello que deseamos.

En este mundo que se ha consumido y recrudecido tanto, donde se ha perdido en gran medida la esperanza, sumiéndonos únicamente en la realidad, ¡vaya que nos hace falta creer!

Los seres humanos siempre hemos tenido sed de futuro, es decir, de esperanza, porque en la integralidad del espíritu, existe el cuerpo y el alma; y los humanos –de carne y hueso- de ninguna forma podemos ser considerados como máquinas.

Somos seres perfectibles -imprecisos en muchos casos-, que no sólo necesitamos alimentarnos y tomar agua para recargar baterías; también necesitamos creer -en lo que sea que queramos-, creer para seguir avanzando en la dirección que nos lleve, que no podemos saber si será buena o mala, solo podemos tener la certeza que no será aquí donde empezamos, y eso, en muchos sentidos es un avance. Para esto sirve la esperanza, para esto nos sirve la fe.

Datos del autor:

Licenciado en Derecho por la Universidad Veracruzana

Consultor Político y de Comunicación/ Municipalista/ Humanista/ Escritor y poeta/ diletante de la fotografía.

Xalapa, Veracruz; México / Twitter e Instagram: @JAFETcs / Facebook: Jafet Cortés

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