Opinión

El diluvio que viene

Los costos que enfrentará el país como consecuencia del pensamiento mágico-religioso de este gobierno, serán sin duda de proporciones colosales. | Leonardo Martínez

  • 18/07/2019
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Para ver con claridad toda la congruencia que envuelve a las acciones de este gobierno hay que hacer un sencillo ejercicio: mirarlas a través del cristal adecuado, ese que nos permita ver claramente el escenario en el que sobresalen por sobre todas las cosas la profunda religiosidad y el pensamiento mágico del presidente en turno. Como ya lo han manifestado algunos analistas, pasamos por una circunstancia que caracteriza el actuar de las iglesias pentecostales y evangélicas, en la que se privilegia el simplismo y la ausencia de autocrítica, y se desprecia a la ciencia y al pensamiento analítico, complejo y que trata de evaluar objetivamente las acciones en el largo plazo.

No sé si el uso que se está haciendo en este gobierno de los símbolos religiosos para fundamentar las políticas públicas esté llegando a niveles inalcanzados desde la reforma juarista, pero lo que si sé es que ello resulta preocupante por los altos riesgos que conlleva. Me referiré sólo a algunos de ellos.

Preocupa por ejemplo que el pastor Arturo Farela, líder de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas y Evangélicas (Confraternice), se ostente abiertamente como guía espiritual del presidente y anuncie que, por instrucciones del mismo, estarán distribuyendo la “cartilla moral” del gobierno en sus templos y casa por casa; que habrán de difundir la palabra de Dios en las cárceles del Sistema Penitenciario Federal para conducir a los presos por la senda del bien; que coadyuvarán a la educación moral de los jóvenes como parte del programa “Jóvenes construyendo el futuro” y que, también por instrucciones de López, administrarán los cajeros automáticos del Banco del Bienestar por medio de los cuales el gobierno federal entregará dinero en poblaciones aisladas.

Por lo pronto, y sin pensar en las aviesas implicaciones políticas y sociales de estos actos, se viola tranquila y arteramente el 130 constitucional. Pero la violación de la ley no es un tema que preocupe a López, pues como él y su guía espiritual explican textualmente, el ideal es llegar a la paz y la armonía luchando contra los conquistadores e imperialistas hasta vencerlos para siempre, de ahí su xenofobia y el orgullo de no hablar inglés. Y abundan predicando que la mentira (que en esta circunstancia es mejor encarnada por el modelo neoliberal) es reaccionaria y es del demonio, y que la verdad (que en este caso es representada por la honestidad y un modelo de “economía moral”) es revolucionaria y cristiana.

Difícil de creer que este tipo de frases y los mensajes que transmiten hayan sido pronunciadas, no por el líder de un Estado teocrático, sino por el presidente en funciones de un Estado supuestamente laico. El cual, por cierto, el mismo López define simplistamente como un Estado que no tiene una religión preferida. O sea, la ley a modo y según convenga.

Pero regresando al tema de Confraternice, el interés tiene pies aún en el caso de una agrupación como esa, pues el cobro por sus servicios político-religiosos incluye la modificación de las normas fiscales aplicables a las asociaciones religiosas y la obtención, por estas últimas, de unas muy anheladas concesiones de radio y televisión para difundir la palabra de “Jesús Cristo” (como ellos y el presidente se esmeran en nombrarlo). Al menos en el tema de las concesiones ya están avanzando, pues todo parece indicar que el obsequioso y pusilánime pleno del regulador correspondiente ya está haciendo méritos para quedar bien con los deseos de la secretaria Olga Sánchez y su jefe directo.

En varias ocasiones López se ha declarado seguidor de “Jesús Cristo” porque defendía a los pobres y ha insistido en que “…tenemos prohibido permitir la corrupción y en esa religión me prohíben los lujos y la fantochería”. Como mencioné al principio las acciones de este gobierno guardan plena congruencia, no cuando se les mide a la luz de las mejores prácticas emanadas de la ciencia política o de las ciencias económicas, sino cuando se les mira a la luz de la doctrina que profesa el evangelicalismo. Para encontrar esa congruencia hay que ubicar a las acciones de gobierno dentro del pensamiento mágico que asegura la paz y la armonía actuando con honestidad y eliminando los lujos y la fantochería, de ahí la ilusión de erradicar a la corrupción con el ejemplo, pidiéndole literalmente a la gente que se porte bien para que no hagan enojar a las mamás, y reduciendo al Estado al nivel liberador y esclarecedor de la pobreza franciscana.

En ese marco mágico de lucha contra los demonios extranjeros, los lujos arbitrariamente definidos y la necesidad imperiosa de operar bajo un Estado de pobreza franciscana, la larga lista de acciones desconcertantes de este gobierno encuentra una fundamentación sólida, pulcra y prácticamente incuestionable.

El mismo marco permite explicar la forma en la que López hace y toma los cambios en el equipo presidencial. Su convicción religiosa le hace ver el cambio de sus apóstoles como un mal menor y necesario para sacar al pueblo de lo que él identifica como el infierno neoliberal, y poder avanzar en el camino hacia el paraíso que le ha prometido. En las formas esto se observa de muchas maneras, por ejemplo, en el aplomo y en la sonrisita sardónica y socarrona con la que acepta públicamente las renuncias de los miembros de su equipo, los denuesta “con todo respeto” y presenta en sociedad a los nuevos apóstoles sustitutos, como si nada hubiera pasado.

El mejor antídoto frente a los Judas es por supuesto la lealtad químicamente pura, que es además, muy por arriba del conocimiento, las capacidades técnicas y la experiencia, la cualidad más importante para ocupar los altos cargos de la administración pública, como ha sido plena y abundantemente demostrado.

Los costos que enfrentará el país en los próximos años, como consecuencia de las acciones tomadas por los dos poderes actualmente capturados por el pensamiento mágico-religioso de la circunstancia que vivimos (que son los poderes ejecutivo y legislativo), serán sin duda de proporciones colosales. Creo que a sólo unos meses de iniciado el sexenio, un daño profundo está hecho. El diluvio que viene se prolongará más de lo que quisiéramos.