Opinión

El club de los monstruos

Nescimus quid loquitur

  • 01/10/2021
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Y cuando giramos la vista, pudimos percibir cómo es que la criatura nos estaba viendo con sus penetrantes ojos terribles; mientras desprendía la madera del suelo, afilando sus garras terribles; crujiendo sus dientes terribles; amenazante, a punto de arremeter contra todos nosotros.

Leyendo lo anterior, todo indicaría que estamos en presencia de un monstruo, alguno proveniente de aquella isla que Maurice Sendak ilustró en el cuento infantil, Donde Viven los Monstruos, pero esta referencia no es la única versión que podemos imaginar.

Podríamos estar hablando de un humano común, hasta más pequeño que el promedio. Una persona como en aquella versión del Sr. Hyde que compartía una habitación dentro de la mente del Doctor Jekyll, y que, de vez en cuando tomaba el control de su huésped.

Podríamos imaginar a una persona como tú o como yo, pero quizás algo distintos. Un ser que pueda ver con aquel odio y desprecio desde la oscuridad, asechando con una sonrisa apretada entre dientes, mientras afila algún instrumento punzocortante con la madera del suelo; alimentándose del miedo, esperando el momento preciso para atacar.

Los seres humanos generalmente han sido protagonistas de las historias más aterradoras sobre monstruos. Somos nosotros los más distinguidos invitados a pertenecer al club de horror, por las viles y perversas atrocidades que ha cometido nuestra especie.

En las historias de muertos que se levantan para saciar el hambre irremediable, hay relatos ocultos de humanos aparentemente sanos, que asesinan a sangre fría a iguales, volviéndose peores villanos que los mismos “caminantes”.

Los monstruos en sí no tienen una conciencia de lo que están haciendo, carecen de una brújula moral, por lo que no tienen opiniones respecto a lo que es bueno y lo que es malo. Sólo sacian sus deseos más profundos y primigenios al matar, y en ocasiones, lo hacen con intenciones de alimentarse con los cuerpos de sus víctimas.

Los asesinos seriales, lo hacen desde el mismo punto que los monstruos, escapando de su humanidad, o negándose a ella; matando no por un beneficio específico, sino por el impulso desatado por la pérdida completa o parcial de la brújula de lo correcto, y el valor de una vida.

En la ficción The Witcher, el polaco Andrzej Zapkowsky nos presenta un universo repleto de criaturas de miedo que habitan el mundo alimentándose de los humanos. Entre tanto, la solución que tuvieron algunos para combatir a las temibles bestias, fue la creación de humanos superdotados incapaces de reproducirse, pero con los sentidos tan finos como para cazar monstruos. A estos mutantes les llamaron Brujos, fruto de la experimentación y crueldad practicada contra cientos de niños, de los cuales solo pocos sobrevivían.

En sí, la gente que ha podido acercarse a los videojuegos, la serie de Netflix, o los libros que le dieron sustento a todo, pueden estar seguros que el peor de los monstruos que existe, es el ser humano, a través de su codicia y sus ansias de poder, logra asesinar más que las mismas bestias.

La ficción siempre nos dará pinceladas de la realidad; aquella que no se quiere aceptar de manera abierta en público.

En toda creación humana podemos encontrar un pedazo de lo que encarna dentro de nuestra naturaleza; representaciones de esa lucha constante por no descarriar los caballos de virtud, y sumirnos en la más profunda y terrible oscuridad.

En el club de los monstruos, sin duda el ser humano está a la par de los más terribles vampiros, hombres lobo, muertos vivientes, momias, cíclopes, hidras, cerberos y demonios de todos los mitos universales.

Haciendo un lado lo fatalista y desesperanzador de lo relatado hasta este momento, todavía se cuenta con el otro lado de la historia, la parte protagonizada por héroes o heroínas que están dispuestos a sacrificar su vida por hacer lo correcto.

En los relatos siempre están esas voces que nos enseñan la otra cara de la moneda, la bondad humana y lo maravilloso que puede construir; la sublime caricia del amor, la imperecedera virtud de la amistad y las múltiples formas que tienen las manos al crear. Ambivalencia universal.

No hay bien sin mal, no hay oscuridad sin luz; todo converge y diverge en un mismo punto, creando un equilibrio entre las fuerzas, un equilibrio que siempre se descompensa como parte natural, se renueva; siempre busca romperse y deconstruirse a sí mismo.

La bondad y la maldad humana penden de un hilo, y uno de los elementos que hace que no nos convirtamos de manera definitiva en el lobo del hombre, es el pacto social y las múltiples reglas invisibles que existen en la convivencia colectiva. Aún con ello, nada está asegurado.

Hay momentos en que todo vuelve al caos, cuando los elementos empujan a la gente a recurrir a los instintos más básicos por sobrevivir; o simplemente, los peores y más terribles males se desatan.

La realidad siempre superará la ficción, y las historias de terror no son la excepción a esto. La realidad seguirá siendo una puñalada artera para nuestros sentidos, frente a la ola de violencia y perversidad en la que podemos llegar a vivir.

Las historias violentas que protagonizan niñas y niños dentro de  sus hogares, donde se supone deberían estar seguros; la pesadilla que pasan mujeres y hombres forzados a vivir en medio de la guerra; los asesinos seriales que permanecen ocultos a la vista de todos, sonriéndonos en la calle mientras planean su próximo acto.

Historias realmente de miedo que superan la imaginación; relatos que encarnan una parte de la naturaleza humana; cotidianas anécdotas, unas peores que otras, pero en muchos sentidos más terribles que cualquier ficción que queramos imaginar.

Y vaya que se vuelve cierto que la realidad seguirá siendo una puñalada artera para nuestros sentidos, frente a la ola de violencia y perversidad en la que podemos llegar a vivir. Siempre superando la ficción.

Datos del autor:

Licenciado en Derecho por la Universidad Veracruzana

Consultor Político y de Comunicación/ Humanista/ Escritor y poeta/ diletante de la fotografía.

Xalapa, Veracruz; México / Twitter e Instagram: @JAFETcs / Facebook: Jafet Cortés

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