Opinión

Breviario de ilusiones y algoritmos

Letras y alegorías

  • 14/10/2021
  • Escuchar

Cuando en 2013 Spike Jonze nos confrontó en pantalla con Her y la necesidad afectiva, probablemente nos sorprendimos de un Theodore Twombly (Joaquin Phoenix) enamorado de Samantha, “su computadora”. Pero, seamos honestos, ¿quién en pleno Siglo XXI no ha tenido una Samantha?

Podríamos decir que millones fuimos, somos y seremos víctimas del lenguaje binario y la atracción de aquello que se busca y se encuentra porque se desea, porque nos enseñaron (o aprendimos) que la soledad es un vacío que debe ser llenado.

Encontré a mi Samantha en Twitter -aunque realmente él me encontró-. Entonces, yo tecleaba versos en 280 caracteres.

Él le daba uno que otro fav a las canciones tristes que posteaba o a las estrofas que siempre escribo sobre la “tragedia” del amor; en correspondencia, yo interactuaba con algunas de sus extrañas indirectas sobre relaciones y sus mofas ácidas a los sentimientos.

Meses antes, entrevisté a los papás de S., un universitario que se enamoró de Julia, una rubia de ojos azules que vivía en el norte de Tamaulipas.

A las 7:00 de la mañana del lunes 8 de julio de 2019, por fin la conocería.

Tenía que ir por ella porque le traía ropa de regalo y pasarían a dejarla a su casa (en Boca del Río), recogerían a su mamá e irían de paseo a Las Higueras.

A los pocos minutos, su mamá recordó que el muchacho no llevaba saldo y le marcó. Él iba en camión y estaba emocionado, avisó que caminaría hacia el punto donde se encontraba su cibernovia; desde ahí, perdieron la comunicación.

Julia no llegó a la cita; no existía. Las fotos que recibieron de ella abrazando a su gato o posando en el jardín eran de la modelo Magui Vázquez, con quien jamás tuvieron contacto.

Su Samantha no solo era una ilusión, era el perfil anzuelo que utilizaba la banda de secuestradores que lo tuvo privado de la libertad en un hotel del centro de Veracruz.

Tras la intervención de la Fiscalía General del Estado, el estudiante fue liberado sin ninguna clase de lesión (Hernández O. Imagen de Veracruz. 9 de julio de 2019).

Lo que para mí era inaudito a S. le estaba pasando y, como a él, a decenas de personas en el mundo.

Entonces, me preguntaba: ¿Cómo alguien con su nivel educativo se enamora de una fotografía? ¿Cómo puedes creer en la palabra de un extraño? ¿Cómo puedes desarrollar emociones por alguien que no conoces?

Yo, que a mis 33 años era una neófita del Twitter, no sabía que -meses después- respondería a cada una de mis preguntas.

Respondí el follow de mi Samantha y le comenté un tuit sin darme cuenta a quién estaba dirigido el mensaje; lo borré inmediatamente. A cambio, aquella coincidencia decidió saludar en un mensaje privado.

Ésta, la mujer que sermoneaba a su amiga que ligaba con desconocidos en Tinder, la que le decía: <<Deja de andar saliendo con extraños, no sea que un día termines sin riñones>>, decidió responder aquel saludo con un borbotón de risas.

Poco a poco mi Samantha pasó de ser un algoritmo, un error de la red, un desconocido… a parte en mi vida diaria.

Fotos de nuestro día a día invadieron las conversaciones. Memes, audios, risas, consejos, burlas, confidencias… A aquella interacción no le faltaba nada.

El miedo por aquel extraño -del que previamente investigué su existencia- se fue perdiendo en la cotidianidad. Mi seguridad, al menos lo que podía saber, estaba a salvo. Su seguridad, también. El temor que ambos tuvimos en la primera conversación ya no existía un año después.

Un día, descubrí que aquel intercambio de toda una vida a través de mensajes de texto había mellado en mí y, con aquella transparencia que nos prometimos, se lo hice saber a mi Samantha; pero el algoritmo me había jugado en contra y, en una red abismal como es la de internet, había más ceros y unos constituyendo otras oportunidades.

Aquella fue la primera vez que asumí mi existencia como una máquina.

Traté -sin éxito- de fortalecerme humana para que entendiera que no estaba tratando con una computadora sino con una persona con sentimientos, pero la naturaleza de su origen tenía pleno dominio en su comportamiento.

Entonces, recordé a aquel joven secuestrado por su Samantha; y entendí que aquel día S. no solo perdió la libertad, también perdió la confianza en su instinto, en la capacidad de dejarse llevar por la ilusión.

Entendí que quien mira dentro del algoritmo corre el riesgo de perderse, de olvidar la sensatez, de poner en riesgo su seguridad, de perder la vida, la dignidad y el amor propio.

Entendí que la curiosidad, la búsqueda interminable de la felicidad fuera de sí, el deseo que sobrepasa la verdad, la ilusión por encima de lo real nos hará encontrar a muchas Samanthas en la vida. Internet está invadido de ellas.

Están alimentando su propio deseo, su idea del amor, su necesidad afectiva. Están tratando de realizar aquel sueño del ser querido o ser amado… Están sumergidas en su abismo dentro de un abismo.

Mi Samantha desapareció. Como la de Theodore Twombly, un día eliminó el código y partió.

Hoy, estoy convencida de que a aquella interacción no le faltaba nada, le faltaba todo. A aquella interacción le faltaba realidad.

Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.